Atreverse a mirar los juicios, trasformarse como acto de amor.

El hijo de la novia

A los 42 años, Rafael Belvedere tiene una crisis: vive bajo la sombra de su padre, se siente culpable por no visitar a su madre ingresada en una residencia; su ex esposa le recrimina no dedicar suficiente tiempo a su hija; no se anima a comprometerse con su novia. En el peor momento aparece Juan Carlos, un amigo de la infancia, quien lo ayuda a reconstruir su pasado y mirar de una nueva forma su vida. (IMDB)

Esta película argentina, segunda de la trilogía escrita por Juan José Campanella y Fernando Castets, habla de saldar cuentas pendientes. Aunque las deudas no son con otros, no va de venganzas ni de exigencias, la deuda es emocional y con sí mismo, con aquello que hemos aplazado o dejado pendiente, a veces, por nuestro propio ego.

El hijo

Rafael (Ricardo Darín), necesita volver a empezar. Tras una crisis vital, el ataque cardíaco, decide cambiar su vida y ponerse al día con lo que ha dejado de lado en su frenética carrera rigiendo su restaurante y llevando una existencia más centrada en sí mismo que en los demás.

Una de los propósitos en que decide enfocarse tras su voluntad de cambiar, está relacionado con su padre y un gesto hacia la madre que éste nunca realizó.

El novio

Ya anciano, Nino (Héctor Alterio) quiere dar a Norma (Norma Leandro) un regalo: casarse por la Iglesia como ella siempre soñó. La boda no se hizo porque él no quería traicionar sus ideas –ateísmo y anti clericalismo militante-. El anhelo de la madre, ser la novia, y el empeño de Rafael por cumplirlo dan el nombre a la película.

Me voy a centrar en Nino y su propósito porque es un hermoso ejemplo de esos momentos en que cambiar nuestros juicios puede ser una forma de liberarse y a la vez un acto de amor. Continuar leyendo “Atreverse a mirar los juicios, trasformarse como acto de amor.”